¿Es la mujer ontológicamente igual al hombre?

Un tema apasionante y ambicioso al que me asomo con sencillez, sobre el que solo tengo una opinión personal, abierta y no filosófica, creada desde el incompleto conocimiento de mí misma, de mis lecturas y reflexiones, de lo que observo en el tiempo y en la sociedad en la que me ha tocado vivir.

La ontología se ocupa del ser, de lo que es sustancial al Hombre*, a lo que le define como tal. En las profundidades del yo todo Hombre, adquirida su autoconsciencia, antes o después, se hace las mismas preguntas: quien soy, cuál es el sentido de la vida, qué va a ser de mí en tanto que ser trascendente, cómo me enfrento a la muerte.

El ser humano es uno, como especie en la Naturaleza, varón y mujer tenemos una ontología común.

Pero la complejidad del Hombre no se agota en los aspectos esenciales de su ontología. Usando como imagen los anillos, pensemos en círculos concéntricos que envuelven al núcleo ontológico. En razón de su cercanía a esta almendra, podríamos calificar los primeros de fundamentales, los siguientes como culturales. Salvadas las grandes preguntas, encontramos que los aspectos que llamamos fundamentales dejan de ser comunes. Es en las respuestas donde se bifurcan los caminos de la identidad de cada yo, y donde la genética, intervienen de manera determinante.

Agua-Isabel-Munoz

El cuerpo sostiene y limita al yo, representa al yo en el mundo, y este yo está dotado de significación sexual. La condición sexual es fundamental, está en primer anillo que rodea al núcleo. Me atrevería a decir que por encima de la anatomía, encuentro que está el sexo con el que cada ser se reconoce e identifica.

La exclusiva capacidad de la mujer para procrear es una condición que hoy seguimos considerando fundamental, sin embargo, una proyección futura nos conduce a pensar que tal vez pueda llegar a transformarse en cultural. La opción cada vez más frecuente de mujeres que renuncian a su maternidad, la robótica y el cyborg- ver Donna Haraway-, o la posibilidad porvenir de la completa procreación exógena, me hacen pensar que el ser de la mujer no es la maternidad, tampoco su capacidad de serlo. Yerma ya no está entre nosotras.

Marina Nuñez, 2013

El tiempo, en tanto que momento histórico, y el espacio, en tanto que locus, forman parte del segundo anillo, cultural. Los contextos sociales, culturales e históricos condicionan, a veces de manera extraordinaria, la construcción de la identidad de una persona, pero tampoco la determinan, pues lo que define a una persona es su capacidad, por remota que sea, de trascenderlos.

El Hombre tiene una naturaleza consciente y proyectiva, produce objetos y transforma su entorno, se organiza en colectividad. Es en esa organización donde se desarrollan y despliegan los roles que, con algunas variaciones, han llegado hasta nuestros días, entre ellos el patriarcado.

Desde la Grecia Clásica hasta el siglo XX, la filosofía ha sido escrita casi en su totalidad por varones. En ella se habla del ser humano global y aunque gran parte de todo ese corpus filosófico es común, la insignificancia de la mujer hizo que el filósofo no la considerara como ser en sí misma, en su singularidad. Como resultado, no siempre la mujer puede sentirse identificada con ese ser humano, ese Hombre que solo es varón.

En la noche de los tiempos, cuando la humanidad se encontraba en su infancia, las concepciones animistas cimentaron relatos necesarios para la construcción del sujeto cuyas raíces todavía hoy subyacen en la conciencia del Hombre moderno. Sigmund Freud analizó algunas de ellas como explicación a ciertas psicopatías. En Totem y tabu relata uno de esos mitos ancestrales, un pecado original, un deseo fundamental. Se refiere al deseo latente –sobre todo en el niño- que tiene una conexión intima con la tragedia griega de Sófocles, Edipo: la obtención del objeto del amor, la madre-o la hermana-, a través del incesto, y del parricidio necesario para conseguirlo. Eugenio Trias analiza este mito y sostiene igualmente la universalidad y vigencia del problema y la solución escenificada en Edipo Rey, como sustancial en la fantasía antropológica de todo hombre. De todo hombre, varón.

¿Y la mujer? ¿Cuáles son sus mitos ancestrales, sus oscuros e inconfesables deseos mantenidos en las profundidades de su alma? Lo desconozco, pero no creo que sea Electra, y  si así fuera sus efectos conductuales son mucho más débiles, de menor impacto en el otro.

En una sociedad casi absolutamente domesticada como la nuestra, varones y mujeres mantenemos como una de las grandes diferencias la gestión que cada sexo hace de las emociones. La empatía, la compasión, el control de la frustración, las sombras, son resueltas de un modo diverso. La pulsión agresiva y agresora del varón le es propia, en su extensión y potencia. El anuario estadístico de 2016 del Ministerio del Interior arroja que el 82,4% de las detenciones e imputaciones por infracciones penales fueron masculinas. No hay ninguna infracción penal que las mujeres cometan más que los hombres. En enero de 2018, el 92,6% de los presos eran hombres.

El arte, como la filosofía y la literatura, nos informa de la visión que el Hombre tiene del mundo y de sí mismo. De nuevo en el arte como en la filosofía y la literatura, la imagen de la mujer es una creación masculina. A lo largo de la historia del arte occidental vemos evas, vírgenes, santas y mártires. Vemos diosas y ninfas, vemos damas y reinas, pero pocas veces vemos a la mujer. El conocimiento de uno mismo se completa y confronta con el que otros nos trasladan, como un espejo. En la imagen que el varón ha tenido de la mujer en el arte, hay mujer pero sobre todo hay proyección e intención de convertir a esa mujer en un arquetipo que corresponda a sus deseos. Los ejemplos de pintoras son tan escasos y también ellas incapaces de sustraerse a la sociedad patriarcal dominante, que podemos considerarlos irrelevantes hasta el siglo XX.

¿Cómo es hoy la imagen de la mujer construida por artistas plásticas mujeres? plural, obviamente. No obstante, hay artistas que vierten una mirada de género ya sea en sus temas ya en sus medios de expresión, que conciernen a su condición de mujer. Pienso en Carmen Calvo, en Concha Jerez, en Esther Ferrer, en Cristina García Rodero, Marina Nuñez, Cristina Lucas, Isabel Muñoz, en Paloma Navares y muchas más. La mujer mirada a través de ellas se plantea los mismos grandes enigmas de identidad que todos compartimos como contemporáneos, aunque por encima de otros observo un tema recurrente: la libertad.

Lo relevante en cualquier caso es que sitúa finalmente a la mujer como parte activa de esa narración que estamos construyendo. La mujer ha dejado de ser invisible.

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Siento que las mujeres de mi generación estamos llamadas a liderar, poco a poco, de manera pacífica y por la vía de la palabra y los hechos, el cambio en este relato hasta ahora escrito solo por hombres. Sin confrontaciones con el varón, la mujer es libre sin necesidad de oponerse al hombre, en sí misma, y reclama su espacio. Lo que hay es un anhelo por salir de la insignificancia histórica y por compartir –no invadir- y aportar nuestra  mirada sobre el mundo, convencidas de que se verá enriquecido.

Madrid, 2 de abril de 2018

María Luisa Martínez

 

 

Lecturas:

-Sigmund Freud; Totem y tabu. Algunos aspectos comunes entre la vida mental del hombre primitivo y los neuróticos. 1912-13

-Eugenio Trías; Lo bello y lo siniestro. 1982

-Donna Haraway; Manifiesto cyborg. 1984

-Isabel Tejeda; Marina Nuñez o la construcción del cíborg. En Revista Icono14, 2011

 

 

*Dado que en nuestro idioma la palabra hombre puede ser interpretada en sus dos acepciones, escribo Hombre en mayúscula cuando me refiero a ser humano, y hombre, minúscula, cuando me refiero exclusivamente al varón.

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