Regreso a Kareol

Katrin Korfman

Vuelvo una y otra vez a mis referencias. Tristán e Isolda son, desde hace años, parte de mi mitología personal, ese sistema complejo y dinámico de imágenes e ideales que articula y valida nuestra realidad psíquica. Hoy quiero detenerme en los últimos momentos de la vida de Tristán.

Tristán es herido de muerte por un caballero del rey Marke cuando este descubre el adulterio de Isolda. Wagner lo presenta inconsciente y moribundo al principio del Acto III, en Kareol, el castillo abandonado en Bretaña donde nació y perdió a sus padres. Agonizante, hasta allí ha sido conducido por su criado Kurwenal. En un momento en que vuelve en sí, Tristán pregunta a Kurwenal y este le responde:

Wo du bist? In Frieden, sicher und frei¡. Kareol, Herr: kennst du die Burg der Väter nitch?. Des Hirte Weise hörtest du wieder.

¿Que dónde estás?. Seguro y libre, reposando en la paz de Kareol, Señor. ¿No reconoces el castillo de tus padres?. La melodía del pastor has percibido de nuevo.

Tristán vuelve a Kareol, al lugar de su infancia, para morir. Allí, semiconsciente, evoca imágenes de su niñez, sugeridas por la tonada nostálgica del pastor y dice:

Ich war, wo ich von je gewesen, wohin auf je ich geh´, im weiten Reich der Weltennacht. Estoy donde siempre he estado, adonde por siempre volveré, en el extenso reino de la noche de los mundos.

KAREOL


La muerte es insinuada como un feliz retorno al paraíso perdido, una nueva fusión en la inmortalidad.

Unos años después de la composición de Tristán e Isolda, en las postrimerías del siglo XIX, Richard Strauss escribió con solo 25 años su poema sinfónico Muerte y Transfiguración. En él se adentra en la conciencia de un enfermo en su lecho de muerte. El poema fue estrenado en 1890 en el Festival de Eisenach, con un texto de su amigo músico y poeta, Alexander Ritter. En el lenguaje musical del Romanticismo tardío, expone, desarrolla y re-expone una serie de temas musicales: la lucha contra la enfermedad, la evocación de la niñez, la añoranza de la juventud o la fuerza heroica del Ideal, que se mezclan, luchan entre sí y se transforman en una fascinante composición musical de enorme contenido dramático.

Al igual que Tristán en Kareol, en Muerte y Transfiguración, después de un comienzo lento que describe la agonía y el padecimiento físico, el enfermo evoca en su último aliento de vida los paisajes y la tranquila paz de su infancia. El adagio refleja las palabras de Ritter: en la cara del enfermo se dibuja una sonrisa melancólica al recordar su infancia dorada, su anaranjado amanecer, radiante e inocente.

Decía Leopoldo María Panero que en la infancia se vive y después se sobrevive. Quizás sea excesivo; creo que vivimos siempre, que avanzamos reconfigurando nuestro paradigma a lo largo de todo el ciclo vital. Sin embargo, la infancia es, de las fases de nuestro recorrido existencial, la que tiene mayor peso específico. Richard Strauss lo confirmaba cuando, poco antes de morir a los 85 años, sesenta años después del poema sinfónico, confesó a su nuera, Alice: la muerte es tal y como yo la imaginé en Muerte y Transfiguración. De una manera mas realista y cotidiana, sin la poesía de la música, veo en mi trabajo los delirios perioperatorios de personas muy ancianas, y en sus contenidos hay frecuentes referencias a la infancia.

En la infancia están las claves, en ella tienen su origen las cuerdas mas sutiles de nuestra sensibilidad. Hay también en la niñez luz y oscuridad. En ella se producen fracturas psíquicas -la que Freud describió como fundamento psico-sexual en el desarrollo de nuestra personalidad-, y pequeñas tragedias personales que nunca serán olvidadas; todas justifican las notas oscuras de nuestro ser. Pero también en la infancia está el líquido amniótico, lo ingrávido, la cálida luz que somos capaces de reconocer en el fondo de nuestro yo hasta el último día. Como en Tristán e Isolda, en Muerte y Transfiguración, la frescura e ingenuidad de nuestra infancia permanece, a pesar de los años, inalterada. No tanto porque los recuerdos, selectivos o deformados, sean necesariamente felices, sino porque los asociamos a la delicadeza de nuestra propia inocencia, y eso nos emociona. Nos seguimos sintiendo aquellos niños. Tal vez envejecer sea eso: llevar de la mano al niño que fuimos y aún somos, protegerlo y ponerlo, al fin, a salvo.

Imagen de portada: Katrin Korfmann. Gravitation.
Imagen interior: Kazimir Malevich. Red house.
Vídeo: Tod und Verklärung (Muerte y Transfiguración). Op 24. David Zinman & Zurich Tonhalle Orchestra. Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes.

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