Una mirada personal al arte conceptual

Desde siempre me ha interesado el arte contemporáneo, a pesar de que me parecía difícil de comprender, me perturbaba la idea de que cualquier manifestación artística de otro tiempo me fuera más inteligible y cercana que la del presente.

Estudié Historia del Arte: prehistoria, arte antiguo, arte romano, medieval…en quinto curso mis expectativas sobre estudiar el arte contemporáneo se frustraron al llegar solo hasta las vanguardias de principios del siglo XX, el expresionismo alemán de los años 20 y 30 a lo sumo, es decir, 50 años antes de aquel presente, pero…había descubierto el movimiento Dada y sobre todo a Duchamp. Mi interés por conocer y entender el arte del momento, sobre todo las variantes del arte conceptual chocaba con la sensación de no tener las claves para acercarme a él de manera intelectual lo que me alejaba también emocionalmente. Lo encontraba hermético, plagado de referencias ajenas para mí, unas veces demasiado simple para ser solo lo que parecía, otras, ridículo. Supongo que ser de provincias tampoco ayudaba. Mi curiosidad iba en aumento.

Entre 1990 y 1991 viví en Florencia, estudiaba museología con una beca. El arte clásico, sobre todo del Renacimiento, lo inundaba todo. Rodeada por ese arte perfecto, eterno y bello, visité en una escapada a Roma, una exposición que me impactó. Se componía de objetos y sobre todo vídeos de performances del Grupo Gutai, un colectivo de artistas japoneses activo en los años 50 y 60.  Sus acciones eran violentas, destrozaban objetos o pintaban lienzos extendidos en el suelo con los pies. Realizaban estos happenings mientras un escaso público, casual, que también aparecía en los vídeos, se mostraba totalmente sorprendido aunque hipnotizado por la seriedad con la que trabajaban. Estuve mucho tiempo en aquella exposición. Como espectadora situada en el segundo anillo, me interesada tanto la agresividad con olor a denuncia y rabia de los artistas, como la incredulidad y la risa nerviosa del puñado de testigos. Todo esto me sacó de una bofetada de mi lírica melancolía renacentista.

 Kazuo-shiraga Grupo Gutai

Años más tarde, ya en España, conocí la obra de Joseph Beuys, y algunos componentes del movimiento Fluxus, ambos relacionados con los Gutai. Ver, mirar, leer, comprender, aprender…amar…siempre el mismo camino.

Descubrí que el pensamiento de Josef Beuys según el cual todo ser humano es un artista, y cada acción, una obra de arte, es en realidad la clave de todo, el comienzo de todo. Su visión sobre lo efímero del arte, como lo es la vida, llevado a la radicalidad es de una gran valentía y autenticidad. En una línea similar se situaba Wolf Vostell. La visita al museo fundado por él en Malpartida de Cáceres, fue una de las experiencias más interesantes y reveladoras de aquellos años.

Gutai, Joseph Beuys, Fluxus, Zaj…finalmente iba tejiendo de manera autodidacta el objeto de mi interés al que había logrado acercarme de manera personal e íntima ya que la mayoría de las manifestaciones de arte conceptual destacan por su compromiso político, social, feminista, existencial. En esta línea: la obra de Esther Ferrer, una de las fundadoras del movimiento Zaj.

Asistí a una conferencia suya hace unos años en Artium (Vitoria), descubriendo a una gran artista, sencilla y austera, compleja y profunda. Su cuerpo, herramienta de su trabajo, a menudo desnudo, crea situaciones estético-perceptivas-reflexivas, en palabras de Margarita Aizpuru, que a nadie dejan indiferente. Lo real no está sujeto a una única interpretación sino a múltiples, y todas ellas son válidas. Objetos simples y ordinarios, una silla, un ladrillo, un sobre de papel, un reloj, fuera de contexto, son utilizados para crea situaciones ilógicas y absurdas al elevarlos a categoría de esculturas de arte clásico.  De nuevo Duchamp. El azar, como elemento que rompe las certidumbres y nos obliga a los cambios, también está muy presente en sus performances, no tanto como improvisación sino como libertad creadora. Esther Ferrer confiesa que sabe cómo se inicia pero no cómo acabará esa construcción de situaciones, por más que la artista haya preparado cuidadosamente su obra. Es la relación con el público lo que en última instancia le da forma.

Esther Ferrer Artium 2011

En la performance, arte del no-abrigo como Ferrer lo llama, el artista se expone como en ninguna otra manifestación artística, no hay representación sino presencia, ella se encarna a sí misma. Luego está el tiempo, el tiempo que se consume en la propia acción, en lo que ocurre, en el presente no ficticio, el tiempo biológico y el tiempo sicológico. El público que observamos formamos parte del evento performático, estamos dentro, en una relación directa y no protegida, de hecho, en ocasiones sin desearlo los roles entre performer y publico se intercambian. Es entonces cuando al sentirme impelida, llamada y necesaria para completar el hecho artístico, me convierto yo también en artista.

Madrid, febrero de 2018