Danzar La Vida

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De niña mi sueño era ser bailarina y estudié, como tantas, ballet en el colegio. Curiosidades de la vida, la primera vez que asistí a una representación de ballet fue en 1979 en Teherán. Recuerdo la puesta en escena del Lago de los Cisnes por el Ballet Ruso como si hubiera sido ayer, incluidas las zapatillas deportivas que se asomaban bajo los vestidos de las damas de la corte del príncipe, representadas por cuerpo de baile del Ballet Nacional  de Irán, una imagen hoy imposible, tristemente desaparecida.

Más tarde las coreografías de Jyri Kilian y Nacho Duato me descubrieron la danza contemporánea, toda una revolución estética y expresiva que me cautivó y encendió nuevamente mí deseo de bailar. Un deseo que tardé muchos años en hacer realidad

Pero ¿de dónde viene la danza?  ¿Qué nos impulsa a bailar? La danza va íntimamente ligada al ser humano, de hecho, danzamos ya en el vientre de nuestra madre antes de nacer y lo primero que hacen nuestros padres al recibirnos en sus amorosos brazos es acunarnos danzando al arrullo de una nana. La danza es tan antigua como el hombre. Hay pinturas rupestres de 10.000 años de antigüedad que ya representan figuras humanas danzando. Es probable que la danza fuera una de las primeras manifestaciones artísticas pues para ejecutarla no es necesario nada más que nuestro propio cuerpo. La inspiración estaba muy cerca, bastaba observar el movimiento de la Naturaleza: el baile de las ramas de los arboles mecidos por el viento, el fluir del agua con la música de una cascada, los brincos de una gacela en huida para inspirarse.

En cuanto a la danza más institucionalizada y acercándonos en la historia a occidente, en la época de la Grecia Clásica la danza estaba asociada a ritos religiosos y así siguió desarrollándose, relacionada con manifestaciones populares de cortejo o espiritualidad, hasta que, en el siglo IV, con la cristianización del Imperio romano, la consideración del cuerpo y de sus manifestaciones como algo pecaminoso e incitador a la lascivia, deja a la danza prácticamente proscrita.

Como indica Janet Brijandez en su interesante artículo sobre la Historia y Evolución de la Danza, tenemos que esperar hasta el Renacimiento, cuando la nueva medida del hombre como centro del universo vuelve a dar protagonismo al cuerpo, para reencontrarnos con la danza. Surgen los primeros estudios sobre la danza y las cortes europeas compiten en sus salones por crear bailes y músicas cada vez más complejas por lo que se hacen necesarios los primeros maestros de danza, las academias de baile y las coreografías. La danza pasa de ser un acto en sí mismo a ser una representación social.

En la corte francesa nace el primer cuerpo de baile, Ballet Comique de la Royne en 1581 de la mano de Baltasar Beajoyeux (Belgiogioso), que crea auténticas representaciones, vinculando danza, música, canto, poesía y declamación al servicio de un argumento. Grandes hombres del teatro y la Música como Moliere y Lully se implican en estos espectáculos.

En 1661 el Rey Luis XIV de Francia abre la primera Real Academia de Danza, y su primer director Beauchamp codifica las cinco posiciones básicas de los pies y brazos que permanecen hasta hoy.

Al siglo XIX y el romanticismo le debemos el ballet clásico como hoy lo conocemos: bailarinas sobre puntas que parecen flotar por el escenario y bailarines que se convierten en portadores. Marius Petipa, bailarín, coreógrafo y maestro del Ballet de San Petesburgo, crea el paso a dos y perfecciona el cuerpo de baile. Produce mas de cien ballets: Don Quijote, El Lago de los Cisnes en colaboración con grandes músicos como Tchaikovski o Minkus que han perdurado hasta hoy.

A principios del siglo XX  Sergey Diaguilev crea el Ballet Ruso como compañía e impulsa una nueva concepción como producción total: danza, música y escenografía unidas en un espectáculo y con grandes artistas para cada disciplina: músicos como Stravinski, Debussy, Falla, bailarines como Nijinsky, Pavlova, coreógrafos como Balanchine y artistas como Picasso o Utrillo participan en estos espectaculares montajes, que  tienen tal influencia sobre la cultura que acaban convirtiéndose en todo un movimiento estético (como pudimos comprobar en la exposición organizada por Caixafórum en el 2012).

Y por fin tras la I Guerra Mundial, surge un movimiento de renovación de la danza en la que los arquetipos del ballet se superan dando lugar a la Danza Contemporánea. Esta busca la esencia primigenia del baile, la expresión emocional que el ballet clásico había encorsetado. En el ballet clásico el bailarín utiliza unos pasos precisos para interpretar una historia y en la danza contemporánea se utiliza la energía interior, la emoción y el cuerpo para expresar sentimientos.

Fue Isadora Duncan (1877-1927) la primera que se atrevió a bailar libremente, descalza, libreada de la rigidez de las zapatillas de punta y del personaje de princesa, hada o flor. Ella se inspira en el arte de la antigua Grecia para recuperar la danza primigenia. El éxito de su naturalidad y expresividad que llevó por los escenarios de Europa y América ayudó a difundir sus ideas y ya a mediados del siglo XX aparecieron bailarines y coreógrafos que decidieron seguir sus pasos para expresar lo que estaban sintiendo, emociones sin necesidad de una historia, bailar con o sin música al ritmo de los latidos del corazón.

La bailarina y coreógrafa norteamericana Marta Graham (1894-1991) sintetizó todo este nuevo conocimiento y creo una nueva técnica de entrenamiento para facilitar una forma de expresarse a través de la danza más libre y más humana. Basada en el movimiento integral orgánico, la danza recupera la naturalidad, los pasos se inspiran en la forma en que un bebé se relaciona con el espacio y los objetos, por lo que el suelo es un amigo más que una plataforma de despegue (como en el ballet clásico), utiliza la energía y el peso del cuerpo para lanzar o recoger los movimientos, el equilibrio y el desequilibrio, y los propios sentimientos de los bailarines para expresar emociones que lleguen al público.

Esta danza compromete cada parte del ser del bailarín: cuerpo, mente y alma en cada movimiento. desde la punta de los de los dedos del pie hasta la última fibra del cabello están presentes en cada paso. Esta es la Danza con la que me identifico y la que ahora por fin…. Bailo.

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Bailar me hace profundamente feliz, porque me permite expresar lo que con palabras no me atrevería. La dicha tan intensa que siento sobre las tablas en el saludo final, cuando bailamos con el alma, se corresponde a una satisfacción intima por el milagro ocurrido, somos ocho y somos una, cada una baila sus emociones y las energías se suman con un objetivo común, transmitir.

Y por esta felicidad encontrada este texto quiere ser, más que una historia, un homenaje a la Danza de la Vida.

A la nana acunada en dulces brazos, al baile espontáneo de un niño, al corro de la patata en un patio del colegio.

A las danzas tribales de la lluvia o el fuego, a la jota aragonesa, al rondón serrano, a una rumba, un fandango, una alegría.

Al vals de los novios, al baile del cortejo de una tribu africana, a los movimientos sicalípticos de un ligue de discoteca, a los pasodobles en la plaza del pueblo una noche de verano.

A las profesoras y profesores que rescatan nuestro cuerpo del corsé de la conveniencia y la contención para hacernos libres como el viento.

A la música que nos ayuda a volar, saltar, reír y llorar las pasiones del alma con el cuerpo.

A los hombres y mujeres que bailan la vida.

Y por favor, el que crea que no sabe bailar …. ¡que brinque alegremente!

Fotos: Carlos Manterola


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