La metáfora viva en Mortal y rosa de Umbral

La metáfora no es una función de la imagen en el sentido sensorial del término, si no que consiste en un “ver como…” y este “ver como…” es un aspecto de la operación propiamente semántica que percibe la semejanza en la diferencia.

Paul Ricoeur, La metáfora viva. 1980

 

Mortal y rosa, libro que Francisco Umbral publicó en 1975, tiene la forma literaria de un monólogo. El autor reflexiona sin orden, vaga y divaga posando su mirada introspectiva y autobiográfica, aguda y observadora, en temas muy diversos, algunos ligeros y otros esenciales. Casi nada escapa a su interés analítico, ya sean recuerdos de infancia, imágenes casuales, partes del cuerpo, los retretes, las pensiones, el Metro, la escritura… el tesoro inmenso de la relación con su hijo, donde se encuentra a sí mismo, a su niño, porque, como dice el autor, se es padre de uno mismo.

El sexo es uno de sus grandes temas, tiene algunas reflexiones metafóricas sobre el sexo, como varón, muy interesantes. Su forma de vivir el sexo, de manera orgullosa y en cierto modo exhibicionista, es exclusivamente masculina:

El sexo, aquella cosa dulce que gemía en la infancia, aquel interior de flor que cantaba apenas, aquel secreto vegetal y pequeño, que fue alcanzando frondosidades de placer, urgencias de dolor (…). Empezó a torturarse a sí mismo, a desearse a sí mismo, violador de alpacas y hopalandas, fornicador de vírgenes de lienzo, doncellas de retrete y mujeronas de vacío.

(…) Qué seguridad, qué paz, qué silencio varón emana de él,  me viene cuando trabajo. Dejar que la invasión del cuerpo se haga sexo, para que todo el sexo, en seguida, se haga alma. Luchar contra él es hostigarlo, sitiarlo, enfurecerlo. Debe desbordar las laderas de la carne, es el Nilo que llevamos en el alma y cuando ha bañado plácidamente el mundo nos deja serenos, seguros y luminosos. El sexo es una flor o un monstruo. Se puede optar, en la vida, por llevar oculto al monstruo o por llevar erguida la flor. Casi todo el mundo opta por el monstruo, lo esconde, lo hostiga, lo alimenta o lo mata.

Pero el sexo, que tiene vocación de flor, sufre mucho con su encarnadura de monstruo. Algo va a crecernos en el cuerpo, un rosal o un reptil. Podemos nosotros decidir su naturaleza. Nos han enseñado a decidir que sea reptil. ¿Por qué no dejar que sea rosal?

El autor no tiene el menor interés por escribir sobre el sexo en la mujer y sus alusiones a éstas, las mujeres de su vida, salvo cuando se refieren a su madre, están hechas desde la cosificación. Seres anónimos de los que solo recuerda sus cuerpos, su pelo, su culo.

A Umbral le concedieron el Premio Cervantes en el año 2000, provocando un gran rechazo entre el Movimiento Feminista.

Una gran parte del libro lo dedica al niño, a su hijo, el hijo, que alumbra cualquier lugar donde caminen juntos de la mano, un mercado, el parque, por las calles que dan directamente al mar azul del cielo, trasladándonos su honda pasión por la paternidad, porque revive la suya propia Soy mi propio hijo. Ser testigo del milagro de la vida encarnado en su hijo al que escucha crecer.

Sin embargo, Mortal y rosa no está escrito como elegía a su hijo, como se dice a menudo. Es un monólogo autobiográfico pero también un diario íntimo, sincero y urgente, como él mismo confiesa. La muerte por leucemia de su hijo de 6 años aparece fugazmente antes, como incluida posteriormente, pero es sobre todo a partir del último tercio del libro- cuando se desarrolla la enfermedad y luego muerte de su hijo-, cuando lo invade todo.

umbral_y_su_hijo_x_maria_espana

Es en el sufrimiento cuando Umbral pinta las mejores imágenes. No resulta fácil hacer una metáfora creativa y viva, es necesario percibir la semejanza, el nexo formal o conceptual entre dos valores. Las metáforas verdaderas son intraducibles e inagotables, no tiene solo un valor emocional sino que proporcionan una información nueva, nos dicen algo distinto sobre la realidad.

Primero la enfermedad:

Pero bajo el cielo, que es una inmensa y serena llaga de luz inextinguible, estoy parado con el dolor de mi hijo, y veo la inmensa desgarradura azul del firmamento, con bordes de hoguera. El cielo es tierra quemada, un día y una noche arden allá arriba, y estamos los terrestres aquí, bajo el incendio, con un hijo dormido en los brazos.

Luego, la mejoría de la muerte, pero sin esperanzas:

Pero el hijo ha tenido una pequeña, mínima, dulce y suave resurrección de la carne, que es la que vivo en estos momentos, cuando escribo, con la resignación de haber pasado ya por todo, y me basta con el poco de ternura que todavía podemos darnos el y yo, porque sé que la vida está dentro de la muerte como el hueso dentro de la fruta, y esa fruta total que es el universo es lo que pone ahora su luz de huerto en nuestras ultimas horas, hijo.

Finalmente la muerte, páginas de agudo dolor

La alegría es un camino más corto. El dolor es un laberinto con angustia de perderse. La alegría nos lleva en línea recta y eso vale más que la alegría misma. Pero el dolor duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia sombría que no acaba de aprenderse el viejo camino. (…) No huyo mi dolor, no me dosifico, como el suicida precavido o la dama sin sueño. Bebo y bebo. Me fulminará el veneno o lo agotaré. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. A morro, directamente, bebo a borbotones sangre de niño, muerte de niño, la hemorragia necia y dulce del mundo.

Sobre el sufrimiento

Es ya un sufrimiento como vegetal, el gemido de la flor rota, un dolor no humano, un miedo anterior al hombre, una medusa de espanto, no sé. Lo más sensible y doliente de lo vivo, el cartílago marino y vegetal, sin otra conciencia que el dolor, donde algo pulsa infinitamente, muy por debajo de mi dolor racional, mediocre, de hombre que sufre.

Sobre el vacío

Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote.

(…) La muerte es distancia, solo distancia. Y solo de mi puedes vivir ahora, de tanto como en mi habitaste, hijo. Y solo de ti puedo vivir. Solo está vivo de mi lo que está vivo de ti: el recuerdo. Solo vivo estando vivo, en lo que tú vives, estando muerto.

El libro finaliza tras una pausa temporal. La vida sigue Ni vivo ni muerto, sigue descreída y rabiosa

No estoy bien, ni falta que hace. Demasiado bien estoy, teniendo en cuenta que solo soy un espectador fantasmal del mundo, una cara blanca asomada a las tapias del cementerio del vivir.

(…) Me refugio en los retretes como para morir (…) allí comprendo mejor que solo es verdad la luz de la ventana del patio, una luz gris que no engaña, sin el artificio vespertino del sol ni la bisutería moral de la noche.

Mortal y rosa está cuajado de metáforas bellísimas, líricas, frescas y creativas, de una enorme plasticidad estética. Umbral pinta con las palabras, logrando ver la semejanza en la diferencia, como nos decía la cita de Ricoeur, lo que provoca una gran tensión entre los términos de los enunciados –el literal y el metafórico- y esa torsión es, para Ricoeur, la que proporciona una extensión de su sentido, llegando al lector de manera reveladora, heurística. El escritor da un sentido metafórico a través del parecido, pero éste no siempre ha de ser evidente, son precisamente las asociaciones sorprendentes lo que brinda las imágenes metafóricas más potentes.

En Mortal y rosa, la metáfora está viva porque produce innovación de su significado sobre las ruinas de la literalidad. Este diario íntimo, escrito en prosa poética, contiene metáforas en las que se produce el solapamiento de dos términos para ser uno solo: Los días se desprenden de mi cuerpo como la carne de los leprosos. Paul Ricoeur nos señala que la metáfora no es solo sustituir una palabra por otra semejante, sino aproximar lo que está distante para realizar creaciones semánticas, como hemos visto en algunos ejemplos contenidos en los párrafos transcritos.

Francisco Umbral fue un cronista y escritor poco simpático, provocador. Su misoginia y algunas declaraciones y comentarios abiertamente machistas, banalizando la violencia contra las mujeres desde su columna en El Mundo y otros medios, le granjearon críticas y burlas, pero lo cierto es que Mortal y rosa es una lectura muy recomendable. Redde Caesari quae sunt Caesaris.

Madrid, 11 de febrero de 2018

Paul Ricoeur; La metáfora viva. Ediciones Europa. Madrid 1980. Traducido del francés orginal por Agustin Neira.

Francisco Umbral; Mortal y rosa. Ediciones Destino Ancora y Delfín. Madrid 1975.

 


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