Chéjov: bruma en el horizonte

Chejov  

La medicina es mi esposa legal; la literatura, mi amante, decía Antón Pávlovich Chéjov. Ciencia y literatura: ¿cómo podría alguien como yo pasar de largo?. Chéjov recoge las emociones del alma humana con la mirada atenta de un clínico y la sensibilidad de un poeta. Genio del ritmo, de la armonía y la melodía dramáticas, escribió un teatro excepcional y revolucionario, que sorprende por su actualidad casi siglo y medio después. La voz de sus personajes se escucha vívida en nuestro tiempo, tan decadente e incierto como el suyo. Es por eso que sus dramas se siguen representando con frecuencia, en Madrid se pueden disfrutar cada temporada. En el último año hemos visto dos versiones de Tío Vania, de Álex Rígola y Oriol Tarrasón, y una de Tres Hermanas.

El teatro de Chéjov habla del abismo vital, de la orfandad de sentido de nuestra existencia y, en palabras de Josep María Esquirol, de la Resistencia Íntima ante las fuerzas disgregadoras del yo. Sus personajes son seres sensibles y vulnerables que habitan un mundo en el que no encuentran acomodo. En la frontera entre el pesimismo y la esperanza, ninguno está en su centro ni en el lugar en que desea estar. Deseosos de desencallar, se sienten sin embargo atrapados en la maraña de su realidad, en la que el movimiento es casi imposible. En los dramas de Chéjov, como en el gran teatro del mundo, hay bruma en el horizonte. Las salidas no se ven. El ímpetu vital anima ilusiones de cambio y de futuro que pronto son alcanzadas por la melancolía, la desesperanza y la zozobra.

Cada uno de los dramas de Chéjov es una instantánea emocional, un paréntesis de tiempo suspendido en el que los personajes hacen una valoración sentimental del insoportable peso de su pasado para resolver el dilema de dar un viraje a su existencia, continuar o colapsar. Así arranca La Gaviota:

MEDVIEDENKO (maestro rural de pocas miras, enamorado de Masha)                                                    -¿Por qué va usted siempre vestida de negro?.   

MASHA (joven desamorada y alcohólica)                                                                                                          –Llevo luto por mi vida. Soy muy desgraciada.

La respuesta de Masha tiene una potencia expresiva y sentimental que nos deja rendidos hasta el final de la obra. Conectamos con Vania, Sonia, Ástrov, con Masha o Trepliov con la inmediatez con que empatizamos siempre que el otro nos muestra su pura y desnuda humanidad: su imperfección y fragilidad. Sus vidas son anhelos y proyectos fallidos, amores frustrados, entregas en la sombra, ideales cuya realización no tendrá lugar. A su lado, personajes que parecen llenos de energía, como Arkadina, la prima donna de La gaviota, o Serebriakov, el viejo e histérico profesor cuñado de Vania, descompensan un equilibrio precario y precipitan la acción. Su suficiencia es un mero artificio, y, al igual que los demás, se encuentran desplazados y fracasan.

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Al contrario de lo que nos sucede en el teatro de Shakespeare, en Chéjov nos reconocemos por la proximidad y la veracidad de las emociones que poéticamente describe. Escribe George Steiner en su recopilación de ensayos Pasión Intacta, citando a Wittgenstein, q Shakespeare crea un lenguaje y un mundo propio, hinchado retóricamente pero irreal como un sueño. Es cierto que la altura de su obra es incontestable, que de ella se deriva una enorme sabiduría secular. Sin embargo, a pesar de su poderosa energía verbal y poética, de la fascinación que sobre nosotros ejercen Hamlet, Otelo, Macbeth, Lear o Falstaff, nadie se siente retratado en ellos. Hay una ausencia de verdad, una distancia filosófica y crítica con la vida auténtica, que rompe la unidad defendida por Heidegger entre denken y dichten, por la que todo verdadero poeta lo es únicamente como fruto del mismo acto y testigo del ser. Shakespeare es un genio creador desapegado e indiferente, que embelesa y seduce, pero no conmueve. En la orilla opuesta, en la unión completa de la poesía y el ser, nos encontramos a Chéjov, uno de los grandes dichter o maestros del ser, a través de los cuales nos acercamos siempre a lo que de verdad somos.

Decía José de Letamendi, médico y académico español del siglo XIX, que del médico que no sabe mas que Medicina, se debe tener por cierto que ni Medicina sabe. Chéjov, poéticamente médico y científicamente poeta, es un hombre universal que reconoce en el arte y la poesía un valor que trasciende la propia vida. Y así se refleja a sí mismo en sus alter ego, los médicos que aparecen en sus obras. Aunque desempeñan un papel fundamental en el nudo gordiano, todos ellos son personajes marginales al núcleo familiar centro de la acción. Esta distancia relativa justifica su perspectiva y una visión amplia. Ellos hacen pie en la realidad mejor que el resto de los personajes, a los que plantean cuestiones existenciales que generan una catarsis emocional. En una representación simbólica de la objetividad, Ástrov, el médico de Tío Vania, estudia los mapas que lleva consigo y los enseña a su adorada Yeliena en una conmovedora escena de amor. Escépticos como Ástrov o Chebutikin, el doctor de Tres Hermanas, o iluminantes como Dorn en La Gaviota, los médicos de Chéjov recogen su experiencia de sinsentido y decadencia. En la duda chejoviana entre rendirse o seguir adelante, a pesar del abismo que denuncian, deciden, como lo hace el propio autor, actuar creativamente: traen niños al mundo, plantan árboles, pintan, aman. Escribe Chéjov en una carta de 1886, dirigida a Dimitri V. Grigoróvich, a los 26 años de edad:

La esperanza está en el futuro….Quizás me dé tiempo a hacer algo, aunque el tiempo

pasa deprisa.

Madrid, idus de marzo 2018

La Gaviota

Tío Vania

Tres Hermanas

Imagen Interior: Carmen Calvo. Soledad Final. 2006

10 respuestas a “Chéjov: bruma en el horizonte

  1. Muy bonito texto y también interesante y amena la conversación posterior Ana. Estos rusos siempre tan intensos… 🙂

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  2. Magnífico lo que has escrito sobre Chejov, Ana. Yo también soy un fan. Y espero wue la proxima temporada podamos ir juntos a ver alguna de sus obras al teatro, aqui en Madrid

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  3. Cuentan que el compañero que había hecho junto Javier Solana, mano a mano, toda la campaña en el ’82, al tomar posesión éste como Ministro, hizo un aparte con él: “Jajaja. ¿Y ahora cómo debo llamarte Javier, de tú o de usted?”. “Llámeme usted como quiera”, sentenció el flamante nuevo ministro.

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  4. Estimado Santiago: muchas gracias por su comentario. Si volviera a llamarme de usted me vería obligada a presentarme en la amplia avenida de Edgar A. Poe para darle un merecido tirón en su talibánica barba. Por cierto: hablaremos de Poe, mas pronto que tarde. Cambio por tanto de tratamiento.

    Aprendo de lo que escribes, como lector y como cineasta. Y me quedo con la idea, tan poética y chejoviana, de que, a sus personajes, dan ganas de gritarles lo que los demás deberían gritarnos a nosotros.

    Como dice Josep María Esquirol en el libro que cito, el vacío, la desorientación y la finitud de nuestra vida nunca podrán ser superadas, solo confrontadas a través de los otros. Solo el amor nos salva.

    A pesar de todo, Chéjov tenía un excelente sentido del humor. Seguimos su estela.

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  5. Querida Ana: ha hecho usted una síntesis prodigiosa, por su precisión, de algo tan aprensible como Chejov, su punto de vista, su cosmología y sus personajes. La obra de Chejov, como la de cualquier buen autor -de Shakespeare a Woody Allen, de Jonh Ford a Italo Calvino- es una sola. Un continuo. Si dicen que Velázquez en Las Meninas fue capaz de pintar el espacio vacío, Chejov fue capaz de mostrar el tiempo detenido -de ahí la dificultad de su puesta en escena: en manos de un buen director y los mejores actores resulta sublime; en ausencia de ellos puede ser insufrible-. El tiempo detenido que precede a la toma -o no- de nuestras pequeñas grandes decisiones vitales, aplazadas mil veces, por miedo, por angustia a equivocarnos, como casi todos los demás. Condenados a muerte a la espera de un indulto, que como espectadores sabemos que tampoco mañana serán ejecutados. Pero que se les pasa la vida. Dan ganas de gritarles, lo que los demás deberían gritarnos a nosotros.
    Chejov quiere a sus personajes: como médico sabe que muchas veces sólo se puede acompañar en la vida a las personas, atenuar los síntomas, pero no cambiarles ni cambiar sus rutinas, que tienen mal pronóstico; como autor, que ójala sus espectadores, en la vieja fórmula de la anagnóris, de la catarsis, encuentren algún provecho, algún consuelo o algún acicate. Pero, inteligente, sin confiar mucho en ello: tenía espejo en el baño.

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