Lorraine Motel

LM desenfocado

Hace ya años conocí a Antonio Muñoz Molina, una  tarde que vino a nuestra casa de San Pietro in Montorio, en una de las colinas de  Roma. Hablamos poco y, más por intuición que por algo que realmente lo justificara, no me gustó. No volví a verle más, ni tampoco leí ninguno de sus libros según iba escalando en fama  y carrera, pero hace unas semanas encontré  su novela sobre el asesino de Martin Luther King  en una librería de segunda mano de la que soy habitual y, pasado tanto tiempo, supongo que me dio igual el recuerdo poco benévolo. Como la sombra que se va  busca el rastro de James Earl Ray después de matar a Luther King, primero en los diez días que pasó en Lisboa tratando de conseguir un visado para Angola,  y luego lo busca en Memphis, el día del asesinato  en el Lorraine Motel .Cuando el escritor lo visita, le parece más bajo y alargado y menos imponente de lo que esperaba.

 A pesar de que la parte central del relato me resultó algo sobrada de páginas, hay sin embargo  un hermoso hilo conductor en el libro que nos lleva  a la fragilidad del instante, y a lo fortuito como motor de la realidad,  a una cierta  sensación de estar asistiendo al presente en el que sucede la escritura, y de su discurrir no predeterminado. Aunque centrado en la sombra del oscuro Earl Ray,  cuando se aproxima a las últimas semanas de vida de King, y mirando el muro de cristal de la habitación 306 del Motel convertida ahora en una urna donde el tiempo permanece detenido, la escritura de Muñoz Molina hace que  el presente ilumine el pasado.

A Martin Luther King Jr.  la lucha ganada, la sensación de triunfo o  la nobleza de la abnegación y el martirio, lo habían abandonado en los últimos años. La misión agotadora había caído sobre él como un rayo o una enfermedad o un don: ”Más miedo que morir le daba  despertar por la mañana, escuchar el timbre de un teléfono, abrir un periódico, llegar  a un auditorio y encontrar la mitad de las sillas vacías, empezar un sermón y que no se apagara el murmullo distraído de la congregación (…) mucho peor que morir era no descansar nunca, arrastrarse sin sosiego de una obligación a  otra, con retraso siempre, con la conciencia  aguda de que en alguna parte había otra muchedumbre esperando, de que haría falta subir a otro escenario  y sentir las luces violentas en los ojos doloridos”.

 Joseph Brodsky  también vivió alguna temporada muy cerca de mi casa en  San Pietro in Montorio. Aunque coincidimos en el tiempo y en  recorridos y cafés habituales como el de Porta San Pancrazio, nunca lo vi  o me crucé con él. Lo cito ahora porque mientras leía las páginas finales de la novela, recordé un breve texto suyo a propósito de la no violencia y los versículos creo que de Lucas sobre la  otra mejilla.

No resistáis al mal; antes a cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra; y al que quisiere ponerte a pleito y tomarte tu túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos.

 

 

Da igual si elegimos el camino de la audacia o de la prudencia, en el curso de la vida no podremos evitar entrar en contacto con el Mal, y hablando de formas de resistir este encuentro inevitable, Brodsky reflexiona sobre la famosa historia de la otra mejilla y  de las diversas interpretaciones que del discurso de la montaña han dado  Tolstoi, Manhatma Gandhi  o -precisamente- Martin Luther King. El sentido de estos versículos tiene en realidad poco que ver con esta resistencia no violenta, porque  en su significado viene implícito que el Mal  puede  volverse absurdo por exceso. En el fondo, una condescendencia ilimitada hacia el Mal que  subvalora el daño.

Brodsky nos advierte del peligro de exponer al golpe del adversario otra parte de nuestro cuerpo, porque un comportamiento así podría solo servir para excitar al Mal; o porque si el primer golpe no ha causado una ofuscación total en el cerebro de la víctima, puede que se dé cuenta que el ofrecimiento de la otra mejilla equivalga a una manipulación del sentido de culpa del agresor.  Si todo va bien, lo único que se puede obtener  al poner la otra mejilla es la satisfacción de demostrarle la inutilidad total de la agresión…pero corremos el peligro de que el enemigo acepte la afrenta, y por tanto que el sentido de superioridad moral no nos proporciona alivio alguno, cuando el enemigo ha cruzado ya la línea, cuando uno no tiene ya nada para defenderse, salvo  el propio rostro, una túnica, una capa y un par de pies que puedan todavía caminar  un trecho más.

En Memphis, en donde esos días  la no violencia en vez de apaciguar el Mal parecía que engendraba o multiplicaba el ansia de matar, Martin Luther King caminaba  por la cuesta debajo de Beale Street  el día antes de su muerte, delante de una multitud despavorida que empujaba hacia adelante. A la mañana siguiente, y viendo su foto en los periódicos,  siente vergüenza por la evidencia del miedo, como si de pronto ya  no le sirviera la veteranía de tantos años de manifestaciones. Quiere cerrar los ojos y no quedar varado en el insomnio de una habitación de hotel, recuerda a Job cuando se lamenta y dice yaciera yo y reposara, durmiera y tuviera reposo, se   ve a sí mismo en  la  foto que ahora tiene delante   como a alguien que llevan no a la seguridad de un refugio sino al matadero,” arrastrado, manso y despavorido como una víctima, no como un mártir.”

Luego ya sabemos la historia. A las seis y un minuto de esa tarde, sale a encender un cigarrillo a la baranda del Lorraine Motel.

Iosif Brodskij, Il canto del pendolo.  Adephi edizioni 1987.Antonio Muñoz Molina, Como la sombra que se va. Seix Barral 2014

 

 


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