Si esto es un hombre

A lo largo de mi vida, ya larga –pasadas las cinco décadas me parece haber vivido bastante- me he ido afirmando en la idea, y la defensa, de la libertad personal. De que ésta existe y de que puede ser ejercida en todas las situaciones, por cualquier ser humano, y bajo cualquier circunstancia. Esta afirmación tan categórica requiere ser explicada si quiero, como así es, sumar acuerdos. Cuando hablo de libertad personal me refiero a una libertad muy esencial, a la elección consciente de una mirada, que transforma, al libre ejercicio de una actitud vital.

No lo había leído y mi amiga Ana me dejo el libro de Primo Levi, Si esto es un hombre, publicado en Turín 1958. Cómo no, me conmovió, no solo por su contenido en el que relata su vivencia en Auschwitz donde fue internado en el último año de la II Guerra Mundial, sino por su prosa sencilla y elegante, nada escabrosa aún cuando describe situaciones terribles, pero sobre todo, porque como dice su autor en el preámbulo, este libro no añade nada a lo ya sabido pero si aporta algunas reflexiones sobre aspectos del alma humana.

Ciertamente a lo largo del libro, por encima del horror, la cuestión principal que traslada Levi es el dilema ético de cuándo el hombre deja de ser, o pierde, su condición de hombre. De hecho, ya en el propio título del libro se lanza la pregunta, con un si condicional, poniendo en duda que, en efecto, lo fueran muchos de los que vivieron aquella pesadilla. Pero lo interesante es que Primo Levi no se refiere a los torturadores sino a los torturados. Se refiere a los presos, judíos en su gran mayoría, sometidos a trabajos forzados hasta el agotamiento, al hambre, al frío y las enfermedades, lanzados al robo, la insolidaridad, la rapiña y la infamia, como única vía de supervivencia. ¿Única?. Levi plantea ejemplos de diversas actitudes frente a estas situaciones extremas: brutalismo, religiosidad, rabia, pasividad, odio ciego…todas ellas comprensibles, aunque no éticamente iguales. Algunos de estos refugios de evasión frente a la espantosa realidad convirtieron a muchos hombres en no-hombres al apagar la luz de su dignidad, no tanto porque se la arrancaran como porque decidieron, optaron, por sentírsela arrancada. La dignidad, la conciencia del ser, no puede ser eliminada por nadie más que por uno mismo. Y lo hacemos, cuando decidimos morir en vida.

Encontré una clara conexión del libro autobiográfico de Levi con la novela El vagabundo de las estrellas, escrita por Jack London en 1915, solo un año antes de su muerte. El descubrimiento de este libro me lo hizo otro amigo, ahora, Domingo-¡ahh, qué haríamos sin los amigos!-.

Darrel Standing –nótese el apellido del protagonista: en pie-cumple condena por asesinato en el penal de San Quintín. Su insumisión y rebeldía le llevan a padecer castigos físicos brutales que culminan con el peor de ellos, estar encerrado durante meses en una camisa de fuerza. El sadismo del alcaide se ve frustrado por la tenacidad de Standing por conservar su libertad interior, que escapa de su cuerpo torturado sumiéndose en estados de trance. Realiza viajes astrales en los que su espíritu revive vidas pasadas, experimentando una completa identidad con su ser.

Casa del Terror, Budapest

Carcel en Casa del Terror Budapest

La tercera conexión sobre este tema me vino como espectadora de una obra de teatro. Hace un par de semanas vi Tres deseos del dramaturgo Antonio Alamo en el Teatro Español. A margen de la calidad del texto, en escena, actores y actrices con diversidad funcional –así se expresa en el folleto de mano- personas con minusvalías físicas y/o psíquicas van expresando deseos. Inconformes con su suerte natural, que no se niega pero tampoco se acepta dócilmente, cada personaje se atreve a desear, deseos que, por supuesto, son los que tiene cualquiera: “quiero ser irresistible”, “quiero que me abracen”, “quiero hacer ballet clásico y bailar en un escenario”, “quiero tocar el pelo de las chicas”…la consciencia de sus limitaciones físicas o psíquicas no merma sus anhelos por ser aceptados, admirados, amados, pero tampoco desde su particular cárcel renuncian a la libertad de reclamarlo y a la actitud abierta para obtenerlo.

Tres deseos, Teatro Español

No consentir, no renunciar, no abandonar la dignidad.

La libertad interior es inalienable.

Decidir salvarnos.

Imágenes interiores: El gueto de Budapest. Casa del Terror de Budapest. Equipo artístico de Tres Deseos.