Desde los laberintos

Dos Atlantes sostienen una gran bola de cobre dorado, sobre ella, Fortuna gira indicando la dirección del viento. El conjunto de la Palla d’Oro domina una de las proas de Venecia al situarse sobre la linterna que corona el edificio de la antigua aduana. Es la Punta della Dogana en el extremo de Dorsoduro, donde se cruzan el Canal Grande con el Canal de la Giudecca.

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Este edificio del siglo XVII tiene una insólita planta triangular para adaptarse al suelo que ocupa, en punta de flecha. En 2009 se llevaron a cabo las obras rehabilitación del complejo, dando lugar a un centro de arte contemporáneo diseñado por el arquitecto minimalista japonés Tadao Ando. El comitente es el  magnate de la moda francés François Pinault, coleccionista de arte contemporáneo y propietario también del Palazzo Grassi.

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Desde la isla de San Giorgio veo cada mañana frente a mí, el Palacio Ducal, el campanille de San Marcos, el Puente de los Suspiros;  a la izquierda, la punta della Dogana y más allá Santa Maria della Salute; por el lado de la Giudecca logro ver el Redentor, iglesia casi gemela a la que tengo a mi espalda, San Giorgio il Maggione, ambas de Palladio.

Diariamente recorro, a veces con paso lento, otras rápido casi corriendo, los cerca de 500 metros que separan la residencia Vittore Branca, donde me alojo, de la biblioteca. Ambas forman parte de la Fondazione Giorgio Cini, una fundación cultural instituida en 1951 en memoria del conde Giorgio Cini – fallecido en accidente aéreo en 1949-, que ocupa casi por completo la Isla de San Giorgio.

A pocos metros de donde tengo esta extraordinaria visión, un cancello da acceso a la zona restringida. Entro en el claustro del antiguo monasterio benedictino, pulcro, subo la imponente escalera de mármol, atravieso pasajes llenos de grandes cuadros de santos y mártires hasta alcanzar la biblioteca. Una nave larga, larga, cubierta perimetralmente de estanterías con libros a dos alturas-juego a calcular las vidas que se necesitarían para leerlos-. Con ritmo y cadencia idénticos, la línea de librerías se detiene para dar paso a pequeñas salas de investigación, individuales. La mía es la numero 51, Vetro.

51, Vetro

En las idas y venidas dentro de la biblioteca, me asomo a una ventana y veo…¡¡un enorme laberinto vegetal¡¡ . Leo que fue instalado para conmemorar el 50 aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, apasionado de los laberintos y de Venecia. Me informan con  orgullo que hay dos laberintos dedicados a Borges en el mundo, este de la isla de San Giorgio en Venecia y el otro en Los Álamos, Mendoza, Argentina.

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Investigo un poco. El laberinto de Borges que ocupa una superficie de 2.300 metros cuadrados, está basado en dos cuentos que no conocía y que encuentro geniales. El jardin de los senderos que se bifurcan (1941), un cuento extraño pero no insensato-parafraseando al autor-, casi un acertijo, donde el tiempo y la muerte se enredan. Hay pasajes exquisitos:

Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…

El otro cuento es  Los dos reyes y los dos laberintos (1939), es tan breve que lo he traído:

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso”. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed.

La gloria sea con aquel que no muere.

Pasear por Venecia es fantástico pero cuando has de ir a algún lugar concreto, una cita, una reunión,  una conferencia, a las que debes llegar puntual, es fácil desorientarse, incluso perderse por completo. Si no evitas la aventura, caminar por las calle estrechísimas pensando que ahorras tiempo porque escapas del río de turistas, te puede conducir a grandes sorpresas, como la de encontrarte sin previo aviso en medio de un patio o un jardín enmarcado por un palacio maravilloso que te traslada a otro espacio y dimensión; acabar en un puente singular con góndolas durmientes; o verte en un cul de sac y tener que volver sobre tus pasos, todo puede ocurrir. Metáforas de la vida misma. Ya lo decía Hugo Pratt en boca de Corto Maltese “….In questa città succedono cose incredibili…”.

En realidad, pensaba, Venecia ES el gran laberinto, por eso Borges la amaba tanto.

 

Fotos: Palla d’Oro; Interior del centro de arte contemporáneo Punta della Dogana;  Pasillo del convento benedictino de San Giorgio; Interior de la Biblioteca della Fondazione Cini dentro del monasterio; Vista del laberinto vegetal de Borges tomada desde la ventana de la Biblioteca.