De la moda y las ideas vanas

Escribir en un blog femenino una crítica de la moda como fenómeno social es casi un acto paradójico. Más aún si se sabe que una es coqueta. Es cierto: consumo moda y me esfuerzo, con más o menos éxito, por ir correctamente vestida. Pero no sin cuestionarme a qué precio y hasta dónde, su precariedad, sus transformaciones y su razón de ser.

Desconozco las reglas económicas que rigen el actual sistema de la moda, así como las teorías de esta. Revisadas por encima, me parece que todas reflejan un aspecto de la realidad. Me proponía únicamente en esta entrada hacer una valoración personal de la moda común, fuera del modelo multicultural y las especificidades propias de las distintas etnias o códigos subculturales; exponer el modesto punto de vista de una ciudadana-consumidora-usuaria española, baby boomer, a caballo entre un siglo y otro, asombrada por los cambios que han sobrevenido en la era digital, y, sin embargo, relativamente acomodada a ellos.

La moda es un producto natural de nuestro tiempo. Su carácter novedoso y mundano nos actualiza y nos rejuvenece; resulta divertido comprar y cambiar de aspecto, sugerir matices, arriesgar o no según el momento, aparentar, parecer otro, epatar, disfrazarse incluso; el deseo de vestir de manera actual es una transfiguración evidente de la vanidad humana. Sin embargo, dada la naturaleza efímera de la moda, su seguimiento termina siempre en una contrariedad. Cuando creemos haber alcanzado el objetivo y nos sentimos suficientemente acomodados en la norma de la actualidad encontramos que la meta de “lo último” se ha desplazado hacia un nuevo modelo que se está consolidando. Este necesario contratiempo de la moda, que la sitúa en una perspectiva mas o menos lejana para el individuo -siempre desajustado-, este efecto sisífico, ha sido descrito por el sociólogo Zygmunt Bauman en sus 44 cartas desde el mundo líquido, como un móvil perpetuo.

La moda puede resultar también frustrante en la medida que tiene un valor simbólico y surge, según la vieja teoría de Georg Simmel de 1904, de dos impulsos contradictorios, el deseo de diferenciación por una parte, de singularidad y autoafirmación, y el deseo de pertenencia por otro, de integración en un grupo social alto, que adopta signos de distinción y consume bienes de referencia. Esta vieja teoría palpita en cualquier revista de moda masculina o femenina, en las que se presentan objetos exclusivos de precios desorbitados, algunos tan escandalosos y absurdos que no se cifran y son sustituidos por las siglas c.p.v. (consultar puntos de venta). Implícita queda la promesa de “si lo tienes, lo eres”: distinguido y sofisticado; único por un lado, pero parecido a aquellos que imitas por otro. No habrá nunca una diferenciación real ni una asimilación en un grupo que no sea el propio, porque las élites de la banalidad desplazarán el valor simbólico de estos objetos distintivos -exclusivos no por su valor, sino por su precio- hacia un nuevo ciclo de moda.

En una entrada del pasado mes de junio hice referencia a la maquinaria de consumo de nuestro tiempo y su falacia banalizadora, según la cual la sofisticación no vine dada por la realización efectiva de un proyecto creativo personal, sino por la sucesión de infinitos actos de consumo. La moda es, por su inmediatez, uno de los bienes de consumo objetivo del marketing digital. Del uso de las redes sociales como estrategia en este sentido ha resultado el fenómeno de las y los influencers. Son celebridades, líderes de opinión, pioneros e innovadores, capaces de generar una corriente de influencia a través de sus miles de seguidores, por lo que son demandados por las marcas mas o menos prestigiosas. Los influenzers son hoy en día los árbitros de la moda, no de la elegancia. En términos de elegancia la moda resulta a menudo un fracaso estrepitoso. Con una finalidad estrictamente comercial, el buen gusto es lo de menos; lo que importa es mantener un ritmo trepidante de cambio que obligue a consumir más y más al mayor número posible de seguidores. Ilustro esta falta de gusto y elegancia con algunos ejemplos que me parecen impagables por su ridícula fatuidad.

También tienen su tirón las it girls, las mujeres que tienen “eso”, un magnetismo que parece derivarse exclusivamente de la vestimenta, a menudo un escaparate de la nadería. En España tenemos a la reina Letizia, una mujer moderna y dicen que cultivada, transformada en royal it girl. Resulta asombroso el impacto mediático de sus outfits; la prensa está pendiente en todo momento del peinado y el modelito que luce en cada evento, de sus elegantes minifaldas, tirantes, encajes de colorines o los inefables tacones de 15 centímetros. Y ella, ufana, lo alimenta y parece encontrarse realizada en este papel. De nuevo la banalidad. Podría ser peor, mucho peor, como es el caso de otras royal it girls, idolatradas Ranias de la vida, que pasean con ostentación trajes de miles de dólares a golpe de melena mientras en las sociedades que representan las mujeres se ven obligadas a cubrirse hasta los pies y viven en la pobreza. Un escándalo.

La moda es un universo de ficción que nos permite interaccionar socialmente. Como todo en la vida, se trata de elegir bien, sin dependencias, de optar por el mejor yo mismo. Al igual que el pensamiento, la acción, o cualquiera de las dimensiones de nuestro ser, es solo una cuestión de buen gusto.

Ilustraciones. Bijou Karman.

2 respuestas a “De la moda y las ideas vanas

  1. Pienso lo contrario, que el mundo de la moda está sobrevalorado, como atestiguan las cifras de consumo o de sus seguidores en redes sociales.
    La moda es algo agradable, siempre que uno se adhiera a ella de una manera autoregulada, con un grado de contención, y, sobre todo, con buen gusto.

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  2. A lo largo de los años hemos conseguido conquistar la luna, colocar a varias personas con la capacidad cerebral del gorgojo del trigo en puestos de responsabilidad, como triunfadores de ´reality shows’ o incluso presidentes del gobierno e incluso hemos mandado a Marte un robot de cocina equipado con la cámara de fotos de un teléfono celular Nokia 5110. Pero seguimos mirando al MUNDO DE LA MODA con desdén

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