Ligeia

Desiré Dolron Ligeia

Si alguien desea de verdad dejar volar su imaginación en el mundo de las tinieblas, la locura y la muerte, recomiendo obviar las absurdas fiestas de Halloween y disfrutar de cualquiera de los inquietantes relatos de Edgar Allan Poe.

El genio romántico de Poe, exuberante y oscuro, investiga en sus narraciones extraordinarias lo que para él es la naturaleza del pulso vital: un misterio siniestro que traspasa la frontera entre la vida y la muerte, entre lo carnal y lo espiritual, y que hace al hombre propenso a la perversión y al mal. De todos sus relatos, el que tiene más fuerza para mí es Ligeia, un sombrío y fantástico cuento de amor y muerte, un exquisito “arabesco”, como el mismo Poe los llamaba. Estos días he sabido que también él lo consideraba su mejor trabajo, a propósito del cual decía: “la muerte de una mujer bella es sin duda el tema más poético del mundo”.

Como todas las historias de Poe, Ligeia hunde sus raíces en las tinieblas y en la profundidad del mal. Al mismo tiempo, tiene intensos destellos de una luz extraña. Narrada en primera persona por un hombre solitario y perturbado por los efectos del opio, arranca con el recuerdo de su esposa amada, una mujer sin pasado que llegó a su vida en una ciudad sombría y ruinosa a orillas del Rihn: Lady Ligeia.

Era de elevada estatura, más bien delgada, y en sus últimos días casi demacrada. En vano intentaría la descripción de su majestad, la serenidad de su porte o la incomprensible ligereza y soltura de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca me daba yo cuenta cuando aparecía en mi cerrado estudio, salvo por la amada música de su dulce y profunda voz, mientras posaba su mano de mármol sobre mi hombro.

Ligeia tiene una esencia tenue, espectral; aparece como un vampiro, y es, al mismo tiempo, un ser de luz, casi una diosa. El retrato a través de la mirada del esposo es fabuloso, inolvidable. Ella posee los atributos necesarios para llegar a la verdad: sabiduría, fortaleza, belleza y amor.

La belleza de su rostro era el resplandor de un sueño de opio…La intensidad en el pensamiento, acción o habla, era un índice de esa gigantesca voluntad que, durante nuestras largas relaciones, no daba otras pruebas de su existencia…Su erudición era inmensa, me daba cuenta de su infinita superioridad para entregarme con infantil confianza a su guía por el mundo caótico de la investigación metafísica…Ella, la externamente serena y siempre plácida Ligeia era presa con más violencia que los tumultuosos buitres de la inflexible pasión…

En los inmensos ojos de negros de Ligeia el narrador se siente conectado al ser absoluto del universo:

Recibía de muchas existencias del mundo material un sentimiento parecido al que despertaban sus ojos grandes y luminosos. Lo reconocía al mirar una enredadera, una crisálida, la corriente de un arroyo. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Hay una o dos estrellas en el cielo que me han comunicado idéntico sentimiento. Me he sentido lleno de él al oír ciertos instrumentos de cuerda, y por la lectura de pasajes de libros.

Pero todo lo que vive ha de morir. O tal vez no, y la muerte solo tiene lugar en voluntades débiles y seres imperfectos. Para el enamorado, obsesionado con el recuerdo de Ligeia -para Poe tal vez-, Dios no es más que una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su empeño.

La historia avanza de manera helicoidal. Ligeia es el primer giro, el origen. El siguiente es la mórbida historia de la segunda esposa, Lady Rowena de Trevanion, en una abandonada abadía de Inglaterra. Si el retrato de Ligeia es luminoso y arrebatador, el de Rowena está apenas esbozado: un personaje anémico y débil, aplastado por la insondable presencia de Ligeia –la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada-. El desenlace tiene lugar en una cámara nupcial fantasmagórica: hay vino, hay opio, hay estertores, rigidez y mortaja, una masa de pelo largo y desordenado, más negro que las alas de un cuervo de la medianoche.

 

Es preciso leer Ligeia esta noche y dejar que nos atrape su atmósfera sobrenatural y decadente, las sugerencias al rastro y la memoria, a la obsesión por el pasado idealizado, a la adicción y la locura, a la segunda oportunidad.

Que procede de una remota y antigua época es indudable. ¡Ligeia! ¡Ligeia!.

 

http://www.biblioteca.org.ar/libros/157687.pdf

Imágenes: Desireé Dolron.

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