Cartas que nunca leerás

Semana Santa y panorama gris, un tiempo horrible ha dejado playas desapacibles y cientos de pasos sin procesión. Huelgas en los aeropuertos, ridículas soflamas políticas. Y Madrid, una ciudad postnuclear. ¿Qué podemos hacer?. Se me ocurren un puñado de buenos planes, entre ellos leer -sólo cosas buenas, ya vosotros sabéis-. Me decido esta mañana por un relato, breve pero enorme, de Herman Melville: Bartleby el escribiente. El final me gusta tanto… Aquí os dejo, para leer y releer, este cuento extraordinario

http://www.biblioteca.org.ar/libros/153234.pdf

En un mundo sin religión la vida humana es un absurdo. Y, sin embargo, tiene poesía. Esta idea central del nihilismo romántico, que anticipa la literatura existencialista del siglo XX, está contenida en las veinte páginas de Bartleby el escribiente. No quisiera repetir nada de lo escrito sobre él; de lo cómico y lo trágico, del enigma Barterbly, “preferiría no hacerlo”, como él mismo diría. Sólo voy a comentar en unas líneas lo que más me gusta del relato, el párrafo final:

El rumor es éste: que Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Washington… ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los años. A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo -el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte. ¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

Melville dibuja así una imagen desmoralizadora, coherente con las inclinaciones pesimistas del escribiente, que explica de alguna manera su abandono y su final. Nunca me convence de esto Melville, a pesar de su potencia narrativa. Prefiero lo poético a lo descorazonador y lo absurdo.

Las cartas “muertas” representan un gran volumen privado de emociones que no tendrán una realización, cartas escritas por nosotros o para nosotros que nunca serán leídas. En una pincelada, esta inspiración de Herman Melville evoca toda una poética de la realidad humana como un iceberg, en el que sólo una pequeña parte es visible. Las cartas que Bartleby clasifica y quema serían los documentos de una conciencia soñadora, la gigantesca masa submarina e intangible de la realidad. Hace años escuché a Juan José Millás justificar la ficción como una manera de visibilizar la realidad oculta, decía que si pudiéramos levantar la tapa de la realidad se harían evidentes los infinitos hilos que nos sujetan unos a otros a través de pasajes secretos: anhelos frustrados, afectos invisibles, palabras que no fueron pronunciadas o escuchadas.

El final de Bartleby el escribiente no es sólo el cierre en un absurdo y desolador punto cero, es también una puerta entreabierta. Su original Departamento de cartas que no llegan a destino remite a la idea de Heidegger: poéticamente habita el hombre. En toda realidad, también en esa verdad subterránea, no sometida a leyes causa-efecto, exuberante y libre, que es una celebración abierta de la subjetividad y la fantasía y que, a diferencia del destino, no necesita resolver. Una realidad sin carta de naturaleza pero auténtica, llena de recuerdos, afectos y dependencias, más amorosa cuanto más profunda, ocultada por falta de oportunidades o por miedo a nuestra propia fragilidad, pero plenamente humana.

En este sentido, decía Javier Marías en su discurso Lo que no sucede y sucede:

…nuestra existencia no es sólo lo que nos ha ocurrido, lo que hemos logrado y lo que hemos realizado. Cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, de nuestras vacilaciones y ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.

Somos también las cartas muertas de Bartleby, lo que no nos atrevimos o no pudimos decir, lo que no llegamos a escuchar. Hay unas pocas para cada uno de nosotros, cartas que nunca leeremos. Muchas tienen el mismo mensaje, una frase corta que dice memento mei.

Imagen de portada: Stéphane Poulin

Imagen interior: Federico del Barrio


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