Divas y Hermanas. María Malibran

Hace dos años vino a mí un librito viejo, manoseado y amarillento, mi amigo Santiago V. debió comprarlo en alguna feria del libro antiguo. Era un ejemplar naranja de Austral -sus colores forman parte de la iconografía de mi infancia, estaban por todos lados en la biblioteca de mi padre-, titulado Mujeres Españolas y escrito por Salvador de Madariaga en 1972. En la página de respeto tiene una dedicatoria escrita a pluma: A Mimí, española por predestinación. Me pregunto quién será o quién habrá sido Mimí, mi imaginación la rescata siempre como una Condesa de Vilches del s. XX -a qué manos llegará nuestro nombre y nuestro olvido-, y me siento como ella: española por predestinación.

Salvador de Madariaga analiza el genuino espíritu femenino español a través de la vida de cinco personajes, cuatro reales y uno literario: Melibea. Nacido en La Coruña, Madariaga estudió ingeniería en París y fue siempre afecto a las humanidades. Escritor, profesor y académico, ejerció la política y la diplomacia en la Segunda República, y se exilió durante la Guerra Civil en Reino Unido. De corte liberal y humanista, precursor de la idea de Europa, su cosmopolitismo le permitió interpretar lo español desde una perspectiva abierta y, en el caso de la mujer española, derribar los muros de su leyenda blanca de mujer beata y tontisosa para mostrar su naturaleza libertaria y su independencia bajo cualquier disfraz, su sentido natural, su tendencia a lo activo y concreto, y su belleza al fin, más determinada por el carácter mismo que por la armonía de sus facciones.

Entre las biografías de Mujeres Españolas está la de dos grandes mezzo-sopranos que revolucionaron la escena operística del XIX, las hermanas María Felicia y Paulina García, conocidas por su nombre de casadas como María Malibrán y Paulina Viardot. Ya sabéis, me gusta la ópera, y en mis fantasías sueño que soy Pamina, y que canto eso de Tamino mein, O welch ein Glück !. Pero vuelvo, vuelvo a las hermanas García. Hijas del prestigioso tenor y compositor andaluz Manuel García -esta temporada se ha representado en Madrid su ópera bufa Il Finto Sordo- y de la soprano Joaquina Sitges, Malibrán y Viardot cautivaron a Europa con su voz y su personalidad.

Con trece años de diferencia, María Felicia fue la primera en alcanzar un éxito fulgurante y precoz como mezzo-soprano. Educada en Francia, Italia e Inglaterra, recibió instrucción musical de la severa mano de su padre y debutó de manera accidental en Londres, con sólo 17 años, como suplente de la prima donna Giuditta Pasta en El Barbero de Sevilla. A partir de este momento, su maestría como cantante y su gran capacidad dramática, reflejo según Madariaga de su espíritu español, la catapultarían a la fama mundial. María estudiaba minuciosamente sus personajes, pero los asumía de una manera intuitiva y poética. Sus interpretaciones resultaban tan exactas y puntuales como plásticas y auténticas. El éxito en Inglaterra se siguió de una magnífica temporada de ópera italiana en Nueva York.

Retrato de María Malibran. Henri Decaisne

Original, fogosa e insumisa, María se liberó pronto de la autoridad paterna, que le había impedido casarse con su poeta enamorado Halleck. Unos meses después se casaría con Eugene Malibran, un banquero mercenario 27 años mayor que ella, que terminaría en la cárcel en menos de un año, lo que supuso la ruina económica de la cantante. Pero, como apunta Salvador de Madariaga, la suprema virtud de la mujer española es la fortaleza, y, durante aquellos meses de zozobra, María da pequeños conciertos con los que consigue saldar las deudas. Decide entonces abandonarlo y regresar a Europa con lo único que su estúpido marido le había proporcionado, que no era amor ni riqueza ni posición social, sino un nombre resonante que la haría universal: la Malibran.

De nuevo en París, la Malibrán es una verdadera diva. Arrasa a Giuditta Pasta en La Scala interpretando el papel de Norma, el mismo que Bellini había compuesto para esta última. Se hace dueña y señora de toda Europa. Francia, Italia, Inglaterra; es la musa de la ópera y el público la adora. En este momento de éxito y reconocimiento, María Malibran es más que nunca ella misma y ejerce su libertad en todos los sentidos. Se permite el lujo de dar un “no” al gran Rossini, que la quiere en exclusiva para su teatro de música italiana. Se enamora de un violinista belga, Charles de Bèirot, y, antes de conseguir la nulidad matrimonial de Malibran, se va a vivir con él y tienen un hijo. Y, en política tuvo sin miedo un talante izquierdista, frecuentó los carbonarios en Nápoles, lo cual le granjeó la simpatía del pueblo italiano, en contra del reaccionario dominio austriaco.

Retrato de María Malibran. Anónimo

Muerto su padre, casada de nuevo, María Malibran y su esposo se establecen en Bruselas. Con ellas se trasladan su madre y su hermana menor, Paulina, aficionada al piano, a quien su madre dedicará años de enseñanza musical. Son años de plenitud artística y felicidad personal, en los que María, de naturaleza vigorosa, se aficiona a los caballos y sale cada mañana a galopar. El caballo será en su caso el hilo conductor entre el amor y la muerte, pues una fuerte caída le ocasionó daños cerebrales que gradualmente terminarían con su vida en unos meses. A pesar de ello, de los dolores, y los sufrimientos físicos, las cefaleas, y los desmayos, María Malibran viaja y canta en óperas y festivales con generosidad, de nuevo la fuerza moral. Así hasta un día que cae desmayada tras un último triunfo. La Signorina, como era apodada en América, moriría días más tarde. Tenía 28 años y estaba embarazada. Con su muerte prematura se cierra el ciclo trágico de las grandes divas. Es otoño de 1836 y, en su casa de Bruselas, su hermana menor, Paulina, prepara sus lecciones de canto para devolver al mundo el reflejo de lo femenino español en el ideal de la ópera y la música del siglo XIX.

Maria Callas ante el retrato de María Malibran en el Museo de La Scala

Imagen de Portada. La flor de los campos. Louis Janmot.


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