El mejor de los aqueos/ y II

(yeppss..si has empezado aquí mejor comienza por el I)

De acuerdo con muchos compañeros y testimonios de esa época, Neil -ingeniero aeronáutico además de piloto­- daba mil vueltas a la mayoría. Los que pilotaban por instinto sabían lo que debían hacer, pero no siempre entendían por qué. Neil, sí. «Era una persona muy reservada- recuerda Mike Collins-. Creo que era más pensativo que el típico piloto de pruebas”. Todos ponía énfasis en lo «brillante» que era Neil Armstrong: « su mente absorbía las cosas como una esponja y tenía una memoria fotográfica. Eso le distinguía de los simples mortales. Aunque reservado, era amable y  siempre tuve la sensación de que tenía una actitud moral y una sensibilidad por encima de la mayoría de nosotros”.
Armstrong poseía  esa cualidad extraordinariamente distante, casi mística, que le hacía parecer  diferente de otros hombres. Para Norman Mailer, que estuvo presente en las conferencias y encuentros antes y después del alunizaje, era una presencia en la sala tan espiritual como humana. De todos los astronautas, Neil Armstrong era «el más parecido a un santo», alguien que simplemente no era como los otros hombres, alguien que aparentemente estaba en comunión con una cuerda del universo que a los demás no se les ocurrió tañer.

La idea de que un hombre a primera vista  tan poco extravagante como Neil Armstrong soñara de niño con volar le intrigó, porque dramatizaba lo opuestos que podían ser los extremos de su personalidad (construía aviones desde pequeño y se sacó la licencia de piloto con 16 años, antes que el carnet de conducir). Por un  lado, Neil, el astronauta-ingeniero arquetípico, estaba conscientemente anclado en lo convencional, lo técnico o  lo práctico,  sin embargo, lo que estaban haciendo él y el resto de astronautas en el espacio era una empresa que superaba los límites de la imaginación.  Su empuje y ambición tenían que entrañar un elemento subconsciente. Ya entonces, Mailer se dio cuenta de que  Neil no era un héroe al uso: «si insistieran en convertirlo en un héroe lo sería en unos términos solo claros para él mismo.». Y tuvo razón.

Después de  realizar un viaje agotador de cuarenta y cinco días por veintitrés países en los que siempre era Neil el que hablaba y agradecía en nombre de sus compañeros y de la NASA, participar en una gira con Bob Hope para estar con las tropas en Vietnam  y -sorprendentemente para el ambiente de la guerra fría- pasar diez días en la Unión Soviética como homenaje a los astronautas pioneros del espacio, Armstrong se marchó de la NASA apenas un año después, y entre otras muchas ofertas millonarias, rechazó la oportunidad de dirigir la campaña de reelección de Nixon en Ohio, o la de representar a los republicanos contra el senador demócrata y astronauta John Glenn. El hombre más famoso del mundo se fue a vivir con su familia a una granja a las afueras de su pequeña ciudad natal en Ohio y se dedicó durante muchos años a dar clases de ingeniería en la universidad.

De la discreción y la sencillez con las que Neil vivió su vida después del Apolo 11, de cómo esquivó  la enorme presión de la  atención pública y el acoso de los medios de comunicación en años posteriores, es imposible no intuir una sensibilidad especial, que siempre constituyó un componente crucial de su carácter, y de su ejemplaridad. A pesar de la fama que se creó entre la prensa más sensacionalista de distante y solitario, Neil siempre participó en los actos que consideraba de interés o donde pensaba que podía aportar algo relevante más allá de su mera celebridad, incluido su papel como vicepresidente de la comisión que estudió la explosión en pleno vuelo del transbordador Challenger. Mientras, denunció a Hallmark por usar su imagen, obligó a su antiguo peluquero a donar el dinero que había ganado vendiendo trozos de su pelo o escribió una carta tipo, después de pedir ayuda al Departamento de Estado, para negar categóricamente el rumor de que se había convertido al Islam (a día de hoy, la búsqueda «Neil Armstrong Islam» en Internet sigue arrojando 2.950.000 resultados).

Neil podría haber muerto muchas veces a lo largo de su extraordinaria vida: pilotando un F9F Panther en la guerra de Corea, probando prototipos de aviones en el desierto de Mojave, girando descontroladamente y casi perdiendo el conocimiento en el acoplamiento fallido del Géminis 8, saltando de un vehículo de entrenamiento lunar décimas de segundo antes de que explotara, o quedándose sin combustible en el Eagle cuando iba a aterrizar en una zona rocosa y llena de cráteres en la Luna. En cambio,  el mejor de los aqueos murió en una cama de hospital  debido a un fallo médico después de una operación cardiaca, en principio sin complicaciones.

¿Dónde encontrar el ejemplo rector que nos ayude a ser mortales?, se pregunta Gomá en su ensayo Aquiles en el gineceo. Aunque creo que ni la película ni el libro sobre Armstrong tienen la inspiración para acercarnos del todo a esta pregunta,  el autor de esta única biografía autorizada   roza esa cuerda del universo que Mailer intuyó en Neil, con la frase que abre el libro: el privilegio de una vida es ser  quien eres.