Nada que agradecer. Virulencias 1.0

El pequeño bastardo ha desactivado el mecanismo del mundo y nuestra sociedad late ahora muy lentamente, como un enfermo crítico. Anclada en su íntima respiración, estuporosa y agitada, teme por su propia vida. No, no morirá; los profesionales de la salud somos garantes de su vitalidad.

En esta nueva guerra, hospitales y centros de Atención Primaria forman la línea defensiva. En el hospital, la realidad es extrema, trágica, caótica, el reflejo de un enemigo cruel. La presión es enorme, y hay miedo. Todo el mundo sabe que carecemos del material necesario para nuestra protección, que cada día caen contagiados muchos de nosotros, que doblamos turnos, que dedicamos todas las horas del día a elaborar y reelaborar protocolos. Pero nuestro trabajo es mucho más que eso, y está lleno también de experiencias emocionantes. La mezcla de riesgo, acción, sentimiento y pasión es como la llamarada de un pico de heroína.

Se ha refrescado aquél espíritu romántico y militante que nos animó a elegir un día nuestra profesión y que el desarrollo científico-técnico había anestesiado. Nunca como hoy hemos sido conscientes de la trascendencia de nuestra labor. Me conmueve la extraordinaria calidad humana de mis compañeros, su hondo sentido de la fraternidad. Y lo escalo y pienso en mi país, en su fortaleza; y en nuestro mundo, tan vulnerable como robusto.

Recibimos cada día los aplausos, decenas de mensajes de afecto y gratitud por nuestro esfuerzo. Nada que agradecer, hacemos lo que nos gusta, aquello para lo que hemos nacido. Nos habíamos comprometido en el Juramento Hipocrático:

“En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica,
me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la
humanidad… La
salud y la vida de mi enfermo será la primera de mis preocupaciones…
Mis colegas serán mis hermanos… Hago
estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor

Con enormes ganas de que todo haya pasado y la vida recupere una nueva y feliz cotidianidad. Felices  y orgullosos, entretanto, de vestir la maglia rosa


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