El abrazo de Juanito Santa Cruz

Es el centenario de Benito Pérez Galdós y Madrid lo celebra con un ambicioso programa cultural que nos invita a recuperarlo y reconocerlo como un grande de nuestra literatura, más allá del desdén con que fuera tratado por algunos escritores del siglo XX. Galdós se ha puesto de moda y hasta nuestros inefables políticos lo citan con pretensiones de altísima moral -qué ridículos se sentirían si le hubieran leído de verdad-. Casualidades de la vida, pues nada de esto sabía cuando leí en diciembre su novela Fortunata y Jacinta, después de tenerla durante meses en mi lista de libros pendientes, alimentando el gozo de demorar un placer seguro.

Fortunata y Jacinta retrata la realidad social del Madrid de la segunda mitad del siglo XIX, con una riqueza y vitalidad deslumbrantes -Galdós quería a Madrid y Madrid adoraba a Galdós; así lo demostró en su despedida, un 10 de enero de 1920-. Despliega la novela toda su maestría en la narrativa realista, y enriquece la acción con la voz interior de los personajes, mostrando así las fisuras, debilidades y contradicciones de los caracteres y de la sociedad. Como afirmaba Jose María Merino en su reciente conferencia La novela en Galdós, todos los aspectos narrativos de Fortunata y Jacinta -la descripción meticulosa y verosímil de escenarios en el Madrid galdosiano; el tiempo de la acción y su trasfondo histórico; la composición de personajes y ámbitos morales; el desarrollo sólido y eficaz de la trama; y el uso de un lenguaje natural, polifónico y ajustado a cada uno de los entornos, el pueblo llano, la clase media y la burguesía adinerada- contribuyen a la extraordinaria plasticidad que caracteriza a las grandes novelas decimonónicas.

Además de una crónica social, Fortunata y Jacinta es, como dice el subtítulo –Dos historias de casadas– una novela de mujeres, en la que los personajes masculinos, aunque definidos con precisión, están en segundo plano. Entre ellos, es Juanito Santa Cruz, un personaje casi ausente, el motor de la acción. La historia arranca en la noche de San Daniel, cuando Juanito es detenido en la Plaza Mayor, junto a otros estudiantes de la Universidad Central de Madrid, por manifestarse en apoyo a Emilio Castelar y sus artículos críticos contra Isabel II. Juanito, el delfín, licenciado en Derecho y Filosofía y Letras, promete así en las primeras páginas, para contradecir pronto las expectativas del lector con sus actos y soliloquios -¡Qué guapo soy!. Bien dice mi mujer que no hay otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio… Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y en trato me parece … que somos algo– y desvelarse como el gaznápiro más grande que come pan, en palabras de otro personaje, el sabio coronel retirado, Evaristo Feijoo.

Se vislumbra a Galdós en muchas de las asentadas ideas del pragmático Don Evaristo, en algunas de las actitudes del solterón, mujeriego y misántropo Manolo Moreno-Isla, incluso en ciertos destellos de lucidez del débil y clorótico esposo de Fortunata, Maximiliano Rubín. Se retrata también en su representación bipolar de la mujer, de manera que unos personajes de la novela responden al modelo de mujer hermosa y femenina, subordinada siempre a la máquina de sus delirios y pasiones, como Fortunata, Jacinta, Mauricia la dura, Barbarita Arnáiz o Aurora; mientras que aquellas cuyos objetivos trascienden el orden privado y doméstico -la beneficencia en el caso de Guillermina Pacheco, el negocio del préstamo en el de Doña Lupe la de los pavos– aparecen despojadas de toda gracia, vírgenes y secas, mutiladas incluso simbólicamente, pues a Doña Lupe le falta un pecho, lo que la obliga a disimular el vestido con trapos y algodones.

Todo sucede en Fortunata y Jacinta al rebufo de los caprichos de Juanito Santa Cruz, que, simple, infantil, egoísta, mentiroso, fatuo y manipulador, fiel por nombre y por carácter al arquetipo español de Don Juan, toma y despacha a las mujeres a su capricho. En ellas el amor responde a un grito necesario de la naturaleza, a un instinto ingobernable. Al contrario, cuando surge en el hombre, es un amor sopesado y con sentido, aun cuando no sea correspondido. Es enorme Galdós, pero es hijo de su tiempo. Su epistolario recoge una carta a Leopoldo Alas fechada el el 24 de junio de 1885 en la que habla de la también grande, valiente y rotunda, Emilia Pardo Bazán, con la que tuvo un largo idilio: Aún no he leído más que dos o tres capítulos del Cisne de Emilia. Me ha gustado lo que he leído. De esta señora le diré a V. que tiene el inconveniente de ser mujer, y de perder por la mucha sabiduría, el encanto propio de la mujer.

Por un abrazo de Juanito Santa Cruz, algunas mujeres matarían. Aún hoy, en la vida real, hay mujeres que se destruyen a sí mismas por el abrazo de un donjuán. Me pregunto, ahora que la perspectiva de género está tan presente, en vísperas del 8M, si no es la hora de hacer un esfuerzo por introducir algo de cálculo en nuestra alma, en el alma de las mujeres. Desactivar el arquetipo canalla eligiendo a los mejores, llevar el éxito a una nueva masculinidad, la de los hombres-hombres, conscientes de su humanidad sensible y su ser emocional. Y despreciar para siempre el abrazo de Juanito Santa Cruz.

Ilustraciones de Toño Benavides para Fortunata y Jacinta. Ed Reino de Cordelia


Una respuesta a “El abrazo de Juanito Santa Cruz

  1. Me parece un editorial estupendo en varios aspectos.
    Primero el homenaje a Pérez Galdos y su estupenda obra… Autor que con el paso del tiempo imagino se le nombrará poco en los colegios de hoy en dia.. Una pena!!
    Y lo segundo el apostar por una mujer fuerte e independiente que reclama el AMOR y no de un don Juan.. Precisamente.
    No hay que olvidar que la figura masculina donjuanesca es persona insegura de sí misma que reclama su liderazgo a través de embaucar a mujeres con un fin que no es el de amarlas para así sentir seguridad.
    Bravo Ana
    Saludos Isabel

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